Los Días De Ícaro

LOS MUNDOS DEL PASADO

por el May.13, 2012, en Sin Categoría

 

 

         El presente modifica el pasado, aunque no nos lo creamos. Lo modifica porque miramos el pasado, desde el presente, lo vamos mirando de forma distinta al recuperarlo, al recostarnos en él. Miramos el pasado e intentamos recuperarlo, recuperar la sensación que tuvimos al vivirlo, aunque seguramente ya es diferente. Seguramente es imposible recuperar lo que ya hemos vivido, pero a veces uno cree que puede hacerlo y lo consigue, sobre todo lo bueno, porque ¿para qué hacer tanto esfuerzo por recuperar el sufrimiento? Nunca llegamos a hacerlo. Nos centramos en lo bueno, y es posible, es muy posible. Es como una afición, o un trabajo.

         El pasado está vivo porque lo modificamos desde el presente, navegando a través de él, con él. Es sumamente agradable, y también un ejercicio literario. Incluso podemos conseguir, cómo no, que el pasado sea mejor, mucho mejor, que como lo vivimos. Hay muchos pasados en el pasado.

 

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LOS MUNDOS DEL PASADO

por el May.13, 2012, en Sin Categoría

 

 

         El presente modifica el pasado, aunque no nos lo creamos. Lo modifica porque miramos el pasado, desde el presente, lo vamos mirando de forma distinta al recuperarlo, al recostarnos en él. Miramos el pasado e intentamos recuperarlo, recuperar la sensación que tuvimos al vivirlo, aunque seguramente ya es diferente. Seguramente es imposible recuperar lo que ya hemos vivido, pero a veces uno cree que puede hacerlo y lo consigue, sobre todo lo bueno, porque ¿para qué hacer tanto esfuerzo por recuperar el sufrimiento? Nunca llegamos a hacerlo. Nos centramos en lo bueno, y es posible, es muy posible. Es como una afición, o un trabajo.

         El pasado está vivo porque lo modificamos desde el presente, navegando a través de él, con él. Es sumamente agradable, y también un ejercicio literario. Incluso podemos conseguir, cómo no, que el pasado sea mejor, mucho mejor, que como lo vivimos. Hay muchos pasados en el pasado.

 

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LA ILUSIÓN

por el May.06, 2012, en Sin Categoría

 

 

         Y yo me pregunto qué es la ilusión, algo tan fácil de decir “es esto” cuando la experimentamos, y tan difícil de volcar en palabras. La ilusión es la energía que nos provoca algo antes de que suceda, antes, en el fondo, de que lo construyamos, con palabras o con hechos. La ilusión no es el logro, no es el éxito, no es la obra realizada, no es lo terminado y redondo, sino un proyecto que asoma en nosotros con su propia felicidad, con el combustible necesario para que llevemos la empresa a buen puerto.

         Se puede hacer todo sin ilusión, pero se hace mucho mejor con ilusión; y la ilusión es la señal de que lo que tenemos entre manos es importante, no es rutinario,  no es pasajero, no es vulgar. Cuando hacemos algo sin ilusión lo hacemos porque no nos queda más remedio. Cuando sentimos la ilusión lo hacemos porque queremos, porque no nos queda más remedio que hacerlo, y porque nos llena de felicidad el camino.

         El abuelo de un amigo mío, Dani, decía que la ilusión era el secreto del éxito. Se me ha quedado grabada esta frase y cuando la cuento por ahí a la gente le llega muy dentro. El abuelo de mi amigo era José María Serra y fundó Catalana Occidente. Si la digo yo no me hacen mucho caso, pero hay cosas que tienen valor precisamente por quien las dice.

         La ilusión es el secreto del éxito, en la vida, en el trabajo, en el amor. La ilusión es ese cosquilleo de alegría y felicidad que nos recorre el cuerpo cuando la sentimos. Es esa voz interior que nos dice: “Ánimo, esto va a funcionar, no desfallezcas.” La ilusión debe de ser un órgano que tenemos todos los seres humanos, y tal vez los animales, que permanece latente hasta que algo lo estimula. Una vez que es estimulado este órgano se pone en marcha y nos pone en marcha a nosotros también. ¡Y cómo!

         Yo creo que la ilusión, en todos los terrenos, trabaja como trabaja en el amor. Se necesitan varios elementos, varios participantes. Por una parte estamos nosotros, por otra parte está nuestra propia capacidad de ilusión, y por último está lo que debe excitar esa ilusión. Tiene que aparecer algo digno de levantar todas nuestras energías.

         Cuando nos enamoramos, o cuando caminamos hacia el amor, aparece ese cosquilleo, esa ilusión, primero leve, tímida, algo que puede parecer un mareo, e incluso una enfermedad, porque atonta y baja nuestras defensas. Pero nos hace enormemente felices en su contradicción. Entonces todo es alegría cuando llamamos o nos llaman, cuando nos vemos, cuando paseamos y damos todos los pasos que constituyen el amor. El peor enemigo de la ilusión es el aburrimiento. Donde hay aburrimiento no hay ilusión.

         La ilusión nos enseña que es mejor el camino que el logro, cuando el camino es auténtico. Cuando ya hemos hecho las cosas empezamos a ver los problemas, incluso podemos agilipollarnos. Por eso hay que volver a encender la llama de la ilusión. Ella permanece siempre, como haciéndose la tonta.

 

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LA AUTOPISTA

por el Apr.24, 2012, en Sin Categoría

 

         El futuro, cómo será el futuro. Mientras vivimos, mientras nos movemos en este sinuoso presente que tan pronto nos da un beso como una bofetada, no podemos evitar echar la vista atrás, aunque sólo sea para comparar, o para recuperar un tiempo perdido que, tal vez, no esté tan perdido, pues éste nuestro de ahora es una continuación del anterior.

         Pero también pensamos en el futuro, en lo que queremos para nosotros del día de mañana, en lo que queremos conseguir, en nuestros anhelos y proyectos. El futuro sólo se construye trabajando el presente, pero sin proyecto, un proyecto flexible, no lograremos lo que queremos. Lograremos algo, pero es muy posible que no lo queramos. Ahora está muy de moda eso de vivir el presente, y me parece muy bien, sacarle todo el jugo al presente, tener los pies en el suelo, pero sin sueños y proyectos de futuro, sin saber a dónde queremos ir, no llegaremos a ninguna parte apetecida. O quizá sí, porque se puede conseguir lo insospechado, y que sea magnífico, pero al igual que trabajamos profesionalmente con planes y objetivos no está de más llevar esto a la vida. Seguro que lo hacen muchos lectores.

         Y sin perder de vista el pasado, porque el pasado guarda las mejores semillas de lo que fuimos. Es estupendo evolucionar, pero sin olvidar lo que fuimos, lo mejor que fuimos. Eso no se puede tirar por la borda. Hay mucho que merece la pena ser conservado, mejorado, perfeccionado. Debemos luchar por lo que queremos y no tenemos, pero no olvidemos vestirnos nuestras antiguas galas, las maravillosas, las que mejor resultado nos dieron en el pasado.

         Hace poco hablaba con un primo mío de tenis, y me decía que el juego había cambiado mucho, me hablaba de las modas, y que él había cambiado su juego teniendo en cuenta cómo se juega ahora. Me parece muy bien, pero le dije que las cosas no había que hacerlas porque estaban de moda, sino porque funcionaban. Luego pensé en esto y me sorprendió: yo soy en parte un esteta que ama la belleza y procura elaborar belleza; pero la belleza también funciona, vaya si funciona, y por otro lado cuando uno escribe una novela sabe, o intuye, lo que funciona y trata de ponerlo en práctica, a no ser que se deje llevar por el propio arte o por sí mismo. Las dos vías me parecen válidas y conducen a distintos logros.

         Cuando conducimos por una carretera miramos hacia delante, y hacia el horizonte, estamos muy concentrados en el coche, en los otros coches, en la misma carretera, en el momento presente, pero también miramos a los retrovisores. No es lo mismo, pero tiene algo que ver. El pasado tiene poco prestigio en el mundo de hoy, y quizá también el futuro. Sólo vale el presente. Pero ése es un error. Los visionarios, los expertos del futuro, nos desvelan los nuevos caminos, y el que sabe leer en el pasado recoge lo mejor de él para ponerlo en el presente y lanzarlo al futuro. A distintas marchas.

 

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EL VIAJE

por el Apr.16, 2012, en Sin Categoría

 

         Escrito hace algún tiempo.

 

         Al principio viajamos para ir de un sitio a otro. Cuando somos niños sufrimos el coche, el autobús o el tren, para ir de vacaciones. El viaje es un trámite, o hasta un sufrimiento. Por supuesto, hablo en primera persona. Pasa el tiempo y todo cambia. El viaje cada vez es más placentero, porque el estudio y el trabajo nos producen hambre de vacaciones. Queremos descansar, ver cosas bonitas, estar en sitios interesantes y entrar en contacto con gente diferente.

         Durante muchos años viajé por trámite, para ir de vacaciones, con mi familia y con mis amigos. Era un engorro hacer el equipaje y aguantar el desplazamiento, siempre entre incomodidades y sudores, aunque los medios de transporte cada vez sean mejores.

         Pero yo también experimenté el cambio, y muy fuerte. Aprendí a vivir el viaje, aprendí que llegar al destino es lo de menos, y el destino, al final, es el punto de partida; acabamos yendo y viniendo al mismo sitio. Volvemos de donde nos fuimos.

         Empecé a viajar para ver cosas, sí, pero sobre todo para contarlas. Detrás de un viaje siempre había un libro, un artículo, un cuento, algo. Y el viaje se llenó de color y diversión. Mis ojos se abrieron y aprendieron, sí, a disfrutar del viaje. El destino era la pantalla del ordenador, la página de un periódico o de un libro.

         En mi opinión, en mi caso, lo más divertido es conjugar placer y trabajo si te apasiona tu trabajo. El viaje profesional cuando tiene como objetivo plasmarlo en tu profesión, es el más enriquecedor. Uno se mueve y no pierde detalle para que otros puedan sacar partido de sus observaciones.

         He estado en Egipto y Kuwait, del mundo árabe, en esta clave periodística y literaria. Lo que escribí es poco al lado de lo que capté, y el futuro dirá el partido que saque de todo ello. Soy una puerta abierta hacia todo.

         He realizado un viaje reciente, a Puentedeume, el pueblo de mi padre, un viaje habitual en mi vida. Casi nunca paro en el trayecto, y eso que hay lugares preciosos, de Castilla y de Galicia, el Bierzo, Pedradita, antes Astorga… Esta vez decidí parar en Astorga. Es la tierra de mi abuela paterna, maragata, y quería volver a mis orígenes. Fui al restaurante en que nos reuníamos hace muchos años la familia,La Peseta, y pregunté al dueño por sus cambios. Esto me llenó de gran satisfacción. Fue apenas media hora caminando por Astorga, entrando enla PlazaMayor, y descubriendo una vez más lo hermosa que es España y lo desconocida que es para la mayoría de los españoles, aunque es cierto que se está activando el turismo nacional. Todos vamos a pasar el fin de semana fuera, a conocer, a amarnos.

         El viaje tiene el mayor encanto del mundo. Un viajero siempre es más rico que el que no viaja, aunque reconozco que hay muchas formas de viajar. Sólo me preocupa la persona sin inquietudes, plana, sin vida.

          Foto de Eduardo Martínez Rico

 

 

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MARCO AURELIO

por el Apr.06, 2012, en Sin Categoría

 

         Las columnas deben escribirse un poco a su aire, con sencillez, inmediatez, naturalidad, porque si no salen columnas de experto, que están muy bien, pero ya no son columnas literarias. Yo quería hoy escribir mi artículo sobre Marco Aurelio y sus Meditaciones, uno de los hombres a los que más amo en el mundo y uno de mis libros favoritos.

         No tiene sentido que yo me ponga a releer ahora el libro de Marco Aurelio, ni que indague apresuradamente su biografía en enciclopedias y Google. Todo eso ya lo hice en su momento, porque me apasiona el personaje y me apasiona el libro. Lo que pasa es que la memoria es caprichosa, tiene unas leyes que no conozco, y lo que podría decir ahora sobre todo ello es poco. Sin embargo, tengo la experiencia de que en una columna cabe el universo, es decir, un pequeño universo sobre un tema, aunque sea tan amplio y fascinante como Marco Aurelio.

         Soy hombre de libros, pero también, algo menos, de cine, y sin embargo, como tanta gente de mi generación, la influencia del cine en mi persona es enorme. Y la de la televisión, ciertos programas, películas y series. Leí las Meditaciones porque Ángela Vallvey lo recomendó en Negro sobre blanco, el programa de Dragó que tanto me enseñó durante unos años de mi vida. Creo recordar que esa escritora dijo que era su libro favorito, y yo, inmediatamente, aunque no había leído nada de ella me fui a comprarlo a la librería dela Facultad.

         A mí Marco Aurelio ya me caía bien porque había visto Gladiator, y el emperador que muere en la primera parte de la película es Marco Aurelio. Insisto en que la influencia del cine y, por qué no, de la televisión, de cierta televisión, en mí y en muchos otros de mi generación, es grande. El cine y la tele llevan a los libros, aunque no lo parezca. Y estoy seguro que, por lo que veo, Internet también.

         Uno lee muchos libros, y algunos parece que no dejan ninguna huella. Parece. Pero hay otros que desde que los tenemos en las manos, un poco temblorosas, emocionadas, nos dejan una sensación fuerte y clara: estamos ante algo especial. Marco Aurelio, cuando lo leemos está con nosotros, en una soledad total, perfecta para escribir, porque él se debía apartar mucho de sus asuntos de gobierno para escribir sus notas. Un libro como éste parece que sólo se puede escribir con mucha tranquilidad, con paz, porque además es un libro de paz de espíritu, de sabiduría, un libro de ésos que sólo pueden escribir personas muy concretas y en momentos muy concretos, al final del camino, de vuelta de todo, pero enriquecidos, en paz con el mundo y con ellos mismos. La lectura de las Meditaciones es soledad, pero soledad de dos. Yo encontré un amigo en Marco Aurelio, y desde entonces tengo su libro muy cerca de mí.

         Siempre me ha extrañado, sin saber mucho de su biografía, cómo un tipo como Marco Aurelio pudo llegar a ser emperador de Roma. No me encajaba que un filósofo estoico como él, alguien tan sabio, pudiera ser emperador. Por dos razones: porque le hubieran dejado llegar y porque él hubiese querido. Pero pertenece a la mejor época del Imperio Romano, desde Trajano hasta él, y quizá esa época admitía estos casos tan extraordinarios.

         Marco Aurelio escribe en silencio. A veces parece que se dirige a él mismo, en una segunda persona misteriosa; a veces parece que nos habla a nosotros. Este libro no morirá nunca, lo leerán dentro de dos mil años.

 

 

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ESCRITOR, PROFESOR, AMIGO

por el Mar.28, 2012, en Sin Categoría

 

 

         Leo El olfato, el amor y la carcoma, la nueva novela de Antonio Prieto publicada por Renacimiento. Qué alegría, satisfacción y placer –no exagero- es leer un nuevo libro de mi antiguo profesor, o releer alguno de mis favoritos: Una y todas las guerras, La sombra de Horacio o Isla blanca. Precisamente el otro día Antonio Prieto, en una conversación telefónica –lo llamo de vez en cuando-, me decía que sus novelas favoritas eran Secretum, “por el momento en el que fue publicada, cuando estaba en boga la novela social”, Isla blanca y La sombra de Horacio.

         Debería escribir este artículo después de leer El olfato, el amor y la carcoma, pero me apetece mucho escribirlo y no quiero esperar a acabar este libro. Sólo recordar, también, que en octubre pasado la misma Renacimiento publicó La cabra de Diógenes, novela que confirma, junto a ésta última y otras, la misma y magnífica La sombra de Horacio, la fecundidad de Antonio Prieto, ya instalado, con tranquilidad y armonía literarias, en su jubilación académica.

         Con los libros de Antonio Prieto aprendemos y disfrutamos. Aprendemos mucho, porque los amplios saberes de Antonio se transparentan en su prosa, pero más que eso todavía disfrutamos, gozamos. El placer que yo siento al leer, por ejemplo, Una y todas las guerras y pasearme junto al protagonista y la mirada de Carla por la Historia y el mundo desde Troya hasta las Torres Gemelas, es un placer único e incomparable. Gozando además de la sensibilidad en la prosa que muestra Antonio y que verdaderamente es marca de la casa, esas frases o períodos, o párrafos, en los que el contenido se hace profundo, muy profundo, y tenemos la sensación de que se nos están desvelando claves decisivas, no de la novela, sino de nuestro propio ser.

         Antonio Prieto no sólo es un gran escritor, también es un sabio, como muchos de sus alumnos sabemos, y como mucha otra gente sabe. Ser un gran escritor y un sabio son dos cosas diferentes que no tienen porqué ir unidas; pero a veces sí que van unidas. Antonio, además, es una persona sencilla, de trato sencillo, quiero decir, o que hace esfuerzos, muy loables, por ser sencilla. Es un hombre que vivió siempre entregado a la literatura, a su obra y a sus alumnos, y que ahora que se ha jubilado de su trabajo de catedrático, se puede dedicar más todavía a la literatura en general –“todavía me falta mucho por leer”, me dice cuando le llamo-, y a su obra. En los últimos años, aparte de las obras citadas, ha publicado otras, como Invención para una duda, Metáfora inacabada o Dollabella.

         He tenido, o tengo, algunos privilegios en esta vida. Uno de ellos es que uno de mis escritores favoritos, Antonio Prieto, haya sido mi profesor y sea mi amigo.

 

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VALDEPEÑAS II

por el Mar.21, 2012, en Sin Categoría

 

           Valdepeñas es un pueblo grande, o muy grande. Algunas cifras hablan de 30.000 habitantes, pero ahora serán más. Es un pueblo acogedor, de los más prósperos de Ciudad Real, central vinícola por excelencia. Todos hemos tenido el nombre de Valdepeñas encima de la mesa. Cuenta con un museo del vino que es una delicia -no hay pérdida, está indicado por todas partes-, levantado sobre una antigua bodega. Nosotros, que no conocemos estos lugares, nos sentimos como en un núcleo de la tierra: aquí trabajaron hombres de campo y de industria. Quizá eso signifique la palabra “cultura”. En Valdepeñas, tranquilo y riguroso, las casas y las calles forman líneas cuadriculadas, unas paralelas a las otras, como en esos cuadernos de disciplina en los que hemos estudiado.

           La Plaza de España es un ejemplo muy típico de las plazas de Castilla la Mancha. Hablo con una señora: “Sí, el Ayuntamiento es neoclásico. Ahora lo están ampliando. Pero no es tan antiguo como parece…” Y me cuenta, ya metida en conversación, ante la mirada aprobadora de una amiga, que ella es de Vitoria, que vivía allí, que ya no trabaja y que ahora está encantada en Valdepeñas. Parece un pueblo para descansar, para estar a gusto, y quizá esto se pueda extender a toda la Mancha.

          Los colores de la plaza son el blanco y el añil. Destaca la piedra alta de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción. El ayuntamiento está como escondido, asomándose muy tímido en una esquina de la plaza. Cerca está el convento de los trinitarios y el de las monjas de San Agustín.

            Las fachadas del pueblo son muy variadas, aunque acaba imponiéndose el blanco manchego. Ese blanco que no sabemos de donde viene, si de la leche de las ovejas, de su lana, o de la claridad que todo lo inunda por aquí, menos cuando no lo inunda… Hoy hace frío en Valdepeñas. Por las calles disfrutamos de los primeros adornos de Navidad. Calles levemente en cuesta, camino de la plaza, con abundantes comercios a ambos lados de la calzada. Prosperidad y movimiento, paz. Los coches son excepción. Hace unas horas hemos disfrutado de la entrada de los niños al colegio, con sus mochilas con ruedas.

            Es muy interesante la visita a la Fundación GregorioPrieto (calle Pintor Mendoza, 57). Aparte de sus obras, que exploraron todos los estilos artísticos, cambiantes e insatisfechos, el museo de Gregorio Prieto custodia su colección privada de grandes artistas de su tiempo, como Picasso, sus famosos retratos de García Lorca, y la correspondencia que mantuvo con ellos. Sólo por ver la casa, enorme en su patio, blanca, muy blanca, ya merece la pena acercarse.

            Va siendo tarde. Es hora de tomarse un vino. Sería ingenuo recomendar dónde. Aquí el que no hace vino lo bebe, y todos lo acaban bebiendo y haciendo para alimentar la barrica del corazón. En el bar Cañas (calle Bernardo de Balbuena), por ejemplo, se pueden tomar cosas sencillas y esenciales.

            Sí hace sol, pero también fresco. Por las mañanas se levanta la niebla y la luz madrugadora deslumbra. Por las noches es menos poético, pero más sensato.

 

 

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VALDEPEÑAS I

por el Mar.15, 2012, en Sin Categoría

 

            “Tierra de nadie”, frontera ambigua fluctuante durante la Reconquista, de repoblación difícil, clima duro, paraíso de la vid y las ovejas, La Mancha no parece haber cambiado mucho desde los tiempos de Don Quijote. Ya lo decía Azorín. Pero se ha modernizado. Las bodegas juntan los métodos más arcaicos, e infalibles, de los romanos, “fermentación grafítica”, con la tecnología más avanzada. La industria se despereza y los manchegos quieren hacer cosas.

            Nos imaginamos a Don Quijote y Sancho cabalgando por esta llanura eterna, platicando… Ahora hay más cultivos, pero lo esencial está conservado. Anchas distancias, mucho vino, queso, molinos… y sobre todo el campo, plano con algún pequeño cerro.

            Cervantes dejó caer a sus personajes en la Mancha por razones literarias y vitales. Cuántas veces no atravesó estos caminos como alcabalero, recaudador de impuestos; cuántas veces se admiró de estos campos, como un desierto engañoso que espera ser convertido en vino. Cuántas veces no escuchó la historia del pueblo, que anda y no se para, en busca de sustento y de ese algo tan discutible y escurridizo que llamamos futuro.

            Pero es que además las aventuras de los caballeros andantes que tanto leyó, se desarrollaban en lugares fabulosos, existentes sólo en las leyendas, imposibles de situar en los mapas. La Mancha, que ahora visitamos, la conocía todo el mundo; sólo la realidad podía protagonizar una aventura en la Mancha, y la realidad acaba convirtiéndose en parodia. La Mancha, que hoy recorre el autobús con video y aire acondicionado, el tren veloz y ligero (¡cómo lo hubiera soñado Azorín!), era el escenario perfecto para la vida.

            En todo esto piensa el viajero mientras deja que le trasladen a la tierra de los molinos. Provincia de Ciudad Real, Valdepeñas, a algo más de dos horas de Madrid, carretera de Andalucía, A-4.

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EL CID, OCHOCIENTOS AÑOS DE CANTAR

por el Mar.06, 2012, en Sin Categoría

 

Recupero aquí un artículo que publiqué en el suplemento “Fin de Semana” de “Expansión” hace unos años, en 2007, año del octavo centenario del manuscrito del “Cantar de Mío Cid” que conservamos en la Biblioteca Nacional.

         “Veríais tantas lanzas alzar y bajar, / tanto escudo pasar y perforar… / tanta loriga romperse, desmayarse, /tantos pendones blancos rojos en sangre, / tantos caballos buenos sin sus dueños andar…”

La batalla, puro movimiento libre; la visualización del triunfo y la derrota, y la violencia de la épica germánica, los efectos especiales de la batalla… Es un rincón del Cantar de Mio Cid, cuyo primer manuscrito cumple ahora ochocientos años. “La mayor joya de la Biblioteca Nacional”, según Luis Alberto de Cuenca, que fue su director hace pocos años.

Este octavo centenario nos trae o traerá una puesta al día de las ediciones del Cantar: la muy anotada de Colin Smith (Cátedra), la clásica y ahora escolar de Menéndez Pidal (Espasa Calpe), y  para los muy amantes la edición de Crítica, de Alberto Montaner.

Por supuesto hay Cid para niños, y las videotecas nos recordarán los dibujos animados de El Cid. La leyenda, con personajes enormes y “muy bien barbados”, que en la épica expresa virilidad, fuerza y sabiduría.”

Manuel Hidalgo acaba de publicar El Cid. Mátalo tú (El amor), donde profundiza en la película de Anthony Mann y en su propia infancia. El Cid de Mann muestra cosas tan actuales e intermporales como “la escenificación de lo que hoy se llama la alianza de civilizaciones, la amistosa fusión multicultural, la suma y convivencia de opuestos moderados frente a la amenaza fundamentalista.”

Hay un río; a un lado, las huestes del Cid; al otro, las de Al-Mutamin, rey de Zaragoza, amigo del Cid… Los dos se encuentran en el agua, en un abrazo.

El Cid, en el Cantar, aparece, en cierto modo, como motor de una idea de España y como nexo multicultural en una tierra-cruce. Sin embargo, Luis Alberto de Cuenca cree que es “una figura incómoda”: “El Cid significa unidad, y hoy el socialismo central ha pactado con los nacionalismos periféricos para quebrarla. El Cid es polémico; no sabemos dónde meterlo.”

Castilla, León, Asturias, Al-Ándalus… y Sevilla, Granada, Zaragoza y Valencia. Siempre en guerra, pero también en paz, dialogando mucho con el enemigo musulmán y menos con los envidiosos de dentro, “invidentes” cortesanos de Alfonso VI. A Rodrigo Díaz de Vivar España se le queda pequeña; cabalga y pacta con todas las dinastías, las fuerzas de la época, judíos moros y cristianos, lo que hace florecer el comercio y la tierra por donde pasa. Aunque también tuviera un lado colérico y vengativo, y corrió a sangre fuego Toledo, y no sólo Toledo…

Pero lo que celebramos en el 2007 es el Cantar, sus sugerencias, inspiraciones y recuerdos históricos. El manuscrito lo copió en lo oscuro de un monasterio “un tal Per Abbat”, y la fecha es 1207. En realidad se escribió en torno a 1140, cuarenta años después de la muerte del Cid, con lo que los versos y el héroe están muy próximos. Ramón Menéndez Pidal siempre dio mucho crédito a nuestros juglares, a los que llamaba cronistas, más que fabuladores.

Pero el Cid del Cantar no es el histórico, también un amasijo de interpretaciones, aunque con unos elementos constantes: político y hombre de armas, estratega, moral y flexible, pero duro cuando hay que ser duro. Este boceto, en lo esencial, no ha sido derribado, ni siquiera por los que ven en el Cid al mercenario, el “condotiero”, el “señor de la guerra”.

John Ford decía que “entre la Historia y la leyenda, siempre había que elegir la leyenda”. José Luis Olaizola, autor de El Cid. El último héroe, habla “de las momias de la Historia. Figuras sobresalientes que tenemos en vitrinas, incomprendidas, ignoradas, inertes… figuras que hay que descolgar y poner en movimiento.”

Y éste es el camino del Cid, absolutamente vigente, a costa, claro, de cierta veracidad histórica. Cuando Guillén de Castro y Corneille escriben Las mocedades del Cid y El Cid, se inspiran en los romances, y no en la Historia, siendo el segundo una especie de remake del primero.  

El Cid sigue generando acción y reconstrucción: El Cid, de José Luis Corral (Edhasa) es una puerta accesible y abierta al siglo XI, y acaba de salir Doña Jimena, de Magdalena Lasalla, que da voz a Doña Jimena, mostrando el lado femenino de la historia; o Juglar, de Rafael Marín, que arranca con la muerte del Cid, y que sigue jugando con estos elementos.

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